sábado, 6 de marzo de 2010

El despegue del nuevo cine colombiano


Por Catalina Mahecha y Diego Gómez Tibocha.


Si bien la historia del cine colombiano es, en realidad, la historia de algunas películas, como se ha apuntado no sólo desde la crítica sino desde los mismos realizadores, la producción que viene creciendo desde hace poco menos de una década, nos obliga a replantear la mirada más bien desconfiada que se venía teniendo.
La tentación de nombrar los procesos de asensos y descensos es a veces irremediable y no se ha tardado en hablar del nuevo boom, con la idea de que fuera más bien un despegue definitivo de la industria cinematográfica nacional.

Boom o despegue, lo cierto es que el cine en Colombia empieza a posicionarse de otra manera. No sólo hay una producción creciente sino también una forma distinta de hacer cine: una diversidad de estilos y tratamiento de los temas que amplía el panorama y enriquece también las formas de representación.

Hacer cine en Colombia, a pesar de la ilusión del crecimiento, sigue siendo un acto de rebeldía y obstinación; la prueba palpable de que la necesidad de contar supera el desgaste del tiempo, la impaciencia, y todos los obstáculos posibles que van desde lo estructural hasta lo burocrático, pasando por la censura y la precariedad.
El cine colombiano pone a prueba las leyes de lo probable y termina resurgiendo ante la dificultad de mostrarse, de expandirse, de gestionarse. Sigue siendo, como diría el director Harold Trompetero, un acto de fe.

Haz el cine, no la guerra.

El desarrollo de la producción cinematográfica en Colombia ha estado muy ligado a los procesos y transformaciones políticas, sociales y económicas que ha vivido el país.
El cinematógrafo llega en 1897, sólo 2 años después de que los hermanos Lumiérè lo presentaran en el Salón Indio en el boulevard de los capuchinos en París.
Y sólo 2 años después de su llegada comienza la guerra bipartidista más larga y sangrienta de nuestra historia, la guerra de los mil días. 3 años y 100.000 muertos después el país comienza una lenta y traumática reconstrucción y, aunque en la primera década del siglo XX los hermanos Acevedo comienzan a registrar nuestra realidad en celuloide, y los hermanos Di Domenico crean la primera sala de proyección en el teatro Olimpia en Bogotá, habría que esperar a los años 20 para vivir los primeros esbozos de una insipiente industria cinematográfica.
En 1922 después de 2 largometrajes documentales de los hermanos Di Domenico y de producciones de tipo informativo. Se estrena el primer largo de ficción basado en una novela colombiana que abrió el camino a la novela romántica en Latinoamérica: “La Maria” de Jorge Isaacs. Dirigida por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro, de la cual sólo se conservan 25 segundos de metraje de las 3 horas que duraba.
De esta primera etapa se perdieron para siempre películas como: “Aurora o las violetas” y “La tragedia del silencio” de Arturo Acevedo y sobrevivió el drama costumbrista “Bajo el cielo Antioqueño” de este mismo realizador.

Pese al éxito de estas producciones las inexistentes redes de distribución dificultan las labores de promoción y divulgación, sumado a que en 1928 “Cine Colombia”, una empresa de reciente creación, compra y cierra el único laboratorio existente en el país y se dedica a la distribución de cine internacional.
En esas condiciones cualquier industria que no estuviese ya consolidada, con un público interesado en las producciones nacionales y una generación de cineastas aprendiendo el oficio, nada se podía hacer frente al cine italiano, el boom de hollywood, Chaplin y su quimera del oro, la productora francesa Pathe, La fuerza de los alemanes Robert Wiene, Friz lang y Murnau y la escuela soviética de Dziga, Vertov, Einsenstein y Pudovkin.

Pero el golpe más duro a la moral del cine colombiano fue la censura:
Garras de oro (1927) firmada bajo el seudonimo de “P.P.Jambrina” como director, refleja el dolor que el pueblo colombiano sentía en su orgullo por la perdida de panamá en 1903 gracias a la intervención de EEUU, y denuncia la complacencia política frente a este hecho; obviamente esta producción colombo-italiana de corte anti-imperialista no gustó a las altas esferas, que decidieron desaparecerla después de su exitoso estreno en el teatro moderno de Cali y de ser proyectada en dos ciudades más.

En los 70 fueron recuperados 50 minutos de esta producción que destacó por su buen manejo del lenguaje cinematográfico y por sus fotogramas coloreados a mano.

Durante los siguientes años cierran las productoras, y los problemas no sólo eran de distribución o de producción, sino de cómo enfrentarse a los avances tecnológicos.
Los realizadores que asumen a la tarea de hacer cine pelean contra elementos técnicos como la llegada del sonido 10 años después de que productoras como Fox y WB estuvieran trabajando en él y una nueva ola de violencia bipartidista azota el país después del 9 de Abril de 1948 frenando las ilusiones generadas por el cinematógrafo.
Superada la primera mitad del siglo el cine comienza a reinventarse no sólo desde el celuloide sino desde las reflexiones que este puede generar, aunque en la primera mitad del siglo hubo algunas publicaciones que hablaban de cine, no había una búsqueda de identidad en nuestro cine. Partiendo de esta premisa, los cineastas que se enfrentan a los nuevos procesos modernizadores de las urbes y las constantes migraciones internas, tienen la tarea de buscar un lenguaje propio que se aleje del costumbrismo que era una constante en nuestro cine, incluso en gran parte de esta segunda mitad de siglo.

El crecimiento y la evolución de un lenguaje o de una narrativa colombiana ha sido lento aunque en estos últimos 40 años se han dado pasos firmes, gente que al margen de lo que se suponía debía mostrar el cine colombiano desafía las reglas, se enfrentan a feroces distribuidoras y crean películas que escapan a esos convencionalismos; por primera vez los cineastas pierden el miedo a buscar otras vías narrativas y siembran las semillas del cine negro, el terror e incluso la ciencia ficción dentro de esa misma idiosincrasia colombiana. Lo decía Luís Ospina en una entrevista: Vivimos es un país de serie negra, cuando hice Soplo de vida mucha gente criticaba el hecho de importar un género que era más que todo del cine norteamericano a una cinematografía nacional. Sin embargo el género negro tiene en Colombia todos los ingredientes: Políticos corruptos, impunidad…así que, por qué no hacerlo!

Empezamos una nueva época, las revoluciones sociales vividas en los 60 y 70 hacen mella en los jóvenes realizadores, inconformes con la realidad nacional y con la realidad cinematográfica que fácilmente caía en la tentación de explotar y exportar la pornomiseria tan premiada en Europa.

Con Agarrando pueblo (1978), Luís Ospina denuncia a los que denuncian; con un falso documental de 28 minutos se mofa de los “vampiros”, de quienes sin escrúpulos hacen “cine social” y de quienes ingenuamente piensan el cine como una ONG.

Agarrando pueblo. Luis Ospina
http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=P5VMVT5ZqeM

El cine a diferencia de otras disciplinas artísticas necesita no sólo talento, ganas, ilusión, dinero, necesita gente recursiva, gente que de entrada sabe que se enfrenta a una empresa quijotesca y aún así prefiere apostarlo todo a esperar una financiación estatal para realizar sus proyectos.

Un ejemplo de cineasta que crece a la sombra madurando un lenguaje bizarro a fuego lento es Jairo Pinilla, el primer colombiano que realizo un largo en digital, pero antes de llegar a esta época de ceros y unos ya tenía la nada despreciable suma de 6 largometrajes y una docena de cortos y mediometrajes en 16 y 35mm. Funeral siniestro (1977) sería en lo estrictamente cinematográfico el primer film de horror colombiano, digo en lo cinematográfico porque cualquier película de cualquier época que refleje la realidad de Colombia es de lejos muchos más terrorífica que toda la producción de la Hammer junta. Lo curioso del caso es que la película a pesar de los distribuidores que pensaban tenerla sólo una semana en cartelera, consiguió que el público que asistía incrédulo se dejara seducir por las oscuras fuerzas del miedo y la intriga, manteniéndose 4 meses.

Stop motion, kung fu, estafas, cementerios indígenas, muertos que vuelven a la vida, vudú, reencarnaciones, niños poseídos, plantas carnívoras, naves interplanetarias, efectos especiales caseros y finales sorprendentes son la constante en los argumentos de este creador caleño adorado y vilipendiado a partes iguales.


El triangulo de oro. La isla fantasma. Trailer
Dir. Jairo Pinilla Tellez.

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=jwjTORKs7y0

Otro de los autores que ha construido un lenguaje propio es uno de nuestros internacionales. Valorado en Cannes y otros festivales de prestigio desde su primer largo Rodrigo D no futuro, mezcla de punk y metal agitado por un poeta.
Victor Gaviria entra en la periferia social indaga con la cámara el mundo de las comunas de Medellín con el ritmo frenético de quienes cada día se enfrentan a la muerte, la suya o la de otros, da igual, los tesoros conseguidos son efímeros, sus gritos son balas y sus vidas invisibles.

Rodrigo D. No futuro
Dir. Victor Gaviria.

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=-Y_bBATEvA4

EL CINE Y EL PUBLICO

Las películas colombianas ocupan lugares en las taquillas nacionales con los que hace diez años no contaba, hay un creciente interés desde el público en ver las producciones propias que tiene que ver entre otras cosas, con la idea de hacer un cine más comercial que siguiera siendo un cine de calidad.
Dentro de este espectro de películas más vistas se encuentra uno de los fenómenos de la nueva producción y es aquella que apunta hacia la comedia negra y el cine de género. Es posible que el nuevo tratamiento de los temas de siempre tenga que ver con una mayor conexión con el público, sin duda la optimización de la técnica narrativa es uno de los ganchos que tiene este nuevo cine, punto que ha jugado en contra de la calidad desde algunos sectores de la crítica.

En este sentido vale la pena reflexionar sobre si esta búsqueda de la pureza narrativa, en el sentido de un cine nacional con nombre propio, es fundamental en una industria más bien incipiente, quizá en el despegue de las nuevas producciones hay que valorar el hecho de que sean películas que se están viendo, un cine que empieza a crear público que es al final el motor en una disciplina audiovisual.

En la medida en la que el cine adopta un discurso y un tratamiento más profesional de los temas, consigue entrar en las expectativas y la propia identidad del espectador.

Películas como La gente de la universal de Felipe Aljure (1993) rompen temática y estructuralmente con lo que se venía viendo, e imprimen una mirada nueva que partiendo de innovaciones en la forma del discurso, conecta desde el humor, el sarcasmo y la caricatura con de la identidad nacional y la forma en que las circunstancias crean los caracteres, a través de un estupendo trabajo de personajes y un retrato cercano y crudo de la ciudad. El cine de Aljure escarba en las entrañas del conciente colectivo y es entonces cuando entendemos que no le hace falta explotar los estereotipos de la violencia, cuando la corrupción y la malicia terminan haciendo parte de la idiosincrasia de un pueblo. El trato ingenioso y mordaz que imprime Aljure, es tal vez una vía más efectiva hacia el cuestionamiento de las circunstancias que el puro dramatismo.

De la misma forma, La estrategia del caracol al encarar la temática social con un tono de denuncia e ironía, hace parte de las producciones de calidad artística en las que todavía cuestiones técnicas como el sonido, siguen siendo una barrera. Uno de los problemas de la falta de industria se refleja en la escasa formación de profesionales técnicos cuyo oficio aún en los años 90 está poco consolidado (no hay un buen trabajo del sonido porque no hay profesionales del sonido, los técnicos que venían de la televisión no podían adaptarse sin preparación a otra forma completamente distinta de trabajar).

La estrategia del caracol.
Dir. Sergio Cabrera

http://www.youtube.com/watch?v=pmSJceZvqYM

No obstante, el humor no ha sido la única forma de hablar de lo que nos parece serio, y junto con la versatilidad del estilo se va viendo poco a poco cómo la mejora técnica va posibilitando nuevos discursos. Películas como La primera noche (2003) nos muestran con destreza y agudeza el tema desgarrador del desplazamiento por el conflicto armado, tema que por otro lado, no había sido tratado de forma tan explicita. Este relato de Alberto Restrepo es una apuesta seria y comprometida que ajustada a un tipo de narración cinematográfica, nos conecta de inmediato con la historia: una vez más el asunto del cine no es sólo las historias que cuenta, sino cómo las cuenta.

En todo caso, y si tuviéramos que esquematizar las producciones que más han dado resultado en taquilla en este último tiempo, tendríamos que hablar de fórmulas, más bien cercanas al cine comercial, con un dominio en la construcción de las tramas que responden sobre todo al cine de género, al que se suma la ironía y el humor negro que ya se han convertido en una seña de identidad.

Perro come perro.
Dir.Carlos Moreno

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=d1nY2dqOdsw

Así tenemos filmes como Perro come perro, o Ladrón roba a Ladrón, encuadrados en el thriller, y con un tono más anecdótico la taquillera Soñar no cuesta nada, que a partir de un suceso real (el hallazgo de una “caleta” de la guerrilla con de millones de dólares, encontrada y robada por un grupo de el ejercito nacional) desarrolla una historia con todos los ingredientes que la acercan al gran público. Más cerca de la comedia está la también taquillera Bluff, cargando las tintas sobre el estereotipo del corrupto, y explotando al máximo los recursos del gansterismo criollo. El resultado: una película ágil y muy entretenida que podemos situar dentro de las producciones de género de calidad.

Bluff.
Dir. Felipe Martínez

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=xRRFdeNqEnQ


Siguiendo con el panorama variopinto, nos encontramos con El colombian dream, última película de Aljure que despierta todos los antagonismos: arriesgada y brillante en la estética y en el ritmo, innovadora en el tratamiento y el enfoque de la historia. Este es un retrato desnudo, irónico y poético, de una sociedad que sufre las consecuencias de su mayor sueño: la plata fácil.


El colombia dream
Dir. Felípe Aljure.

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=-EultJp-IdU

No podemos dejar de lado si hablamos de cine y público, las grandes coproducciones de factura impecable que siguen, sin embargo, explotando los temas más recurrentes, más cliché. Veamos el caso de Paraíso travel, rodada en Medellín, México y Nueva York, que revive de nuevo la historia de “las espaldas mojadas” pero cuenta a su favor con un trabajo de personajes que devela de forma mas cercana la tragedia de la migración. Ni que decir de la internacional María llena eres de gracia, explotada desde su concepción con el tema favorito de las mulas cargadas de droga, personajes planos sin matices que asumen un rol en función del único personaje que tiene un desarrollo, la protagonista.

En contraste tenemos películas como Apocalipsur o Bolivar soy yo
que sin tener nada que ver entre ellas, escapan a las pretensiones de lo necesario para indagar en esas historias menores que tratan de exorcisar de alguna manera los fantasmas de la colombianidad.

Bolívar soy yo.
Dir.Jorge Alí Triana.

http://www.youtube.com/watch?gl=ES&hl=es&v=IYb7G3YXY4I

Sobre si la violencia es un discurso inherente al cine colombiano o no, podemos responder que lo es tanto como a la realidad misma. Es tan violento el conflicto como lo es el hambre, la injusticia social y la corrupción. El cine bebe de lo que vive, pero siempre encuentra formas nuevas de contarlo y es por eso que tiene sentido; que tiene sentido seguir pensando y en ese ejercicio ir creando formas nuevas.

Vale la pena rescatar que desde las expresiones más comerciales hasta las más intimistas, hoy más que nunca el cine colombiano ha conseguido establecer un diálogo con el público, no ya desde una formula del éxito, sino más bien desde la búsqueda y la incesante necesidad de contar y transmitir.

Colombia es un país que necesita contarse, abrir el abanico de las historias posibles y entender el ejercicio del cine también como esa forma de volver los ojos hacia la realidad y que el arte siga siendo un discurso reflexivo, una llamada de atención.

1 comentario:

  1. Soy un fan más del cine colombiano y me alegro de conocer este blog, ánimo!!!

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